Cuentos y leyendas de ColombiaJosé Luis Díaz Granados
Las leyendas y tradiciones existen en todos los pueblos de la Tierra. Desde tiempos inmemoriales se han transmitido de padres a hijos, de hijos a nietos, de generación en generación, a veces, siguiendo el proceso de la tradición oral, que va alterando discretamente sensaciones o gestos o detalles, sin que varíe el contenido primordial de la historia.
Todos esos cuentos populares que desde la infancia han asombrado nuestra sensibilidad, han sido algunas veces recreados de manera literaria, sin que ningún autor haya pretendido por ello apropiarse del relato. Y a su vez, algunos textos han sido reinventados, o prolongados de otras crónicas o cuentos, de fábulas o poemas, de obras teatrales o fragmentos de novelas.
Así hemos podido disfrutar de la lectura y del conocimiento de episodios del Antiguo Testamento, o de La Ilíada o de Don Quijote, o del Doctor Fausto o de Don Juan Tenorio. Alguna vez escuchamos de labios del maestro Enrique Buenaventura que después de representar su grupo de teatro en una aldea del Caribe la obra Edipo Rey, un nativo se acercó y le dijo: "Hace tiempos eso mismo ocurrió en este pueblo". Las leyendas de "Bachué", "El Mohán", "El hombre-caimán", y "La niña de la carta", para citar sólo algunas de las centenares que circulan por todo el territorio colombiano, constituyen un precioso elemento de identidad cultural, de espejo ambiguo, de alegoría de nuestra propia conciencia.
Los Cuentos y leyendas de Colombia tienen orígenes diversos. Aquí he llevado al papel historias que me contaron las niñeras y las empleadas domésticas venidas de Boyacá y Cundinamarca, en los años 40 y 50; leyendas relatadas por mi madre que a su vez le relataron sus abuelos riohacheros que traían sus fábulas del Caribe, de la Alta Guajira y de Venezuela; textos como "El abrazo del héroe", que se inspira en un poema de Ricardo Carrasquilla que me cautivó en la remota niñez; también debo consignar aquí los aportes significativos hechos por Mario Ochoa Mejía, Gladys Siabatto, Federico Díaz Granados y Hermelina Angulo Angulo y, desde luego, las narraciones recogidas de las diversas lecturas e investigaciones realizadas para la elaboración del presente volumen.
Pero este libro sólo es una mínima selección extraída del rico yacimiento de las tradiciones colombianas. Algún día todos degustaremos la imaginería portentosa de nuestros antepasados. Que sea este un delicioso aperitivo que estimule a los niños y a los jóvenes de mi país para aprender a conocer y a amar a su "más inmediata semejanza". Como quien dice, a ellos mismos. A nosotros mismos.
José Luis Díaz Granados
EL ABRAZO DEL HÉROE
(Bogotá, años de la Independencia)
A Silveria Moreno le habían dicho desde el día anterior que el general Bolívar pasaría unos minutos a saludar a los escasos moradores de San Justino, una placita olvidada en la vía que serpea al pie de la cordillera, al suroriente de Santa Fe.
La anciana sintió una emoción desconocida o tal vez olvidada en su frágil corazón. Iba a cumplir ochenta años a fines de diciembre y jamás había vacilado en ayudar, proteger, defender o alimentar a los patriotas que luchaban por romper las cadenas que nos oprimían por voluntad del poder español.
De manera que el contemplar por primera vez, en persona, muy de cerca, al Libertador de la patria, era la culminación de un sueño largamente acariciado.
Tras una larga noche entre desvelos y duermevelas, Silveria preparó una taza de chocolate, mientras rezaba con intensa concentración tres Padrenuestros, tres Avemarías y tres Glorias.
El frío paramuno se colaba entre los huesos de la anciana, quien optó por abrigarse con una camisa de lana de su hijo mayor, un oficial patriota que ahora se hallaba en el Alto Perú, y posteriormente con un grueso pañolón negro, que desde hacía muchos años la libraba de las iras traicioneras de los vientos andinos.
El día transcurrió intranquilo y febril no sólo para Silveria sino para los habitantes de San Justino. Hombres con ruanas y sombreros de alas anchas y mujeres con pañoletas y sonrisas festivas, revoloteaban por aquí y por allá ornando las ventanas y los árboles con papel cortado y banderas tricolores.
Silveria observaba desde la ventana de su humilde casita todo aquel movimiento con profunda alegría interior. Al mediodía almorzó con un caldo de papas dispuesto por ella misma en la cocina de carbón, el cual acompañó con unas deliciosas mogollas que preparaban las comadres gemelas de la esquina.
El sol comenzaba a reverberar en las calles pedregosas y en la atmósfera el ambiente de júbilo colectivo dibujaba ángeles multicolores invisibles. Silveria hizo una breve siesta y luego se dispuso a esperar la llegada de su ídolo.
Hacia las cuatro de la tarde, los habitantes de San Justino se agruparon en la placita. Algunos guardias circundaban el sitio. El murmullo y el chismorreo crecían y se desvanecían cada minuto.
De pronto, a lo lejos, en la vía que brota del cerro, se vio ondear una nube de polvo. El griterío se fue apoderando de los pobladores de San Jacinto. Silveria salió de su casa y se confundió entre el gentío, que esperaba delirante al Libertador.
Hubo conmoción. Tres elegantes militares, al galope de bellos alazanes, levantaban aún más polvo del suelo. De pronto, apareció sobre un hermoso corcel blanco un hombre de mediana estatura, con la piel del rostro descarnada y tostada por el sol, con los pómulos salientes, con cansada expresión en sus labios y unos ojos castaños, bajo la gorra de ancha visera, de mirada tan penetrante que electrizaba a quienes se sentían atravesados por ella.
Era Bolívar. Sobre el roto vestido, cuentan las crónicas, llevaba un gastado dormán.
En torno al general triunfante se formaron diez, veinte, cuarenta, cincuenta y más personas que lo aclamaban. Patriotas fervientes aplaudían con locura al héroe que acababa de vencer en Boyacá.
Bolívar detuvo su caballo y alrededor del ídolo crecía la multitud, la gritería y el tropel, los aplausos y los vivas. Todos querían saludarlo. Hombres y mujeres con sus niños cargados anhelaban tocar al Libertador.
Imposibilitada para acercarse, la diminuta anciana, haciendo un supremo es-fuerzo, alcanzó a gritar:
—¡Bendito seas! jAy, déjenme abrazarlo!
Como un relámpago, la mirada de Bolívar descubrió a la anciana, y de inmediato ordenó, con voz reposada:
—¡Abran paso a esa mujer!
Pero la multitud fanática, en vez de abrirse, se apiñó y la pobre mujer vio frustrado momentáneamente su propósito.
Bolívar levantó su mano derecha como intentando silenciar un poco la algarabía. Con gran agilidad se apeó del caballo y entre la multitud que lo tocaba, lo abrazaba y le daba golpecitos afectuosos en la espalda, se abrió paso hasta encontrar a Silveria, quien presa del temor reverencial, levantó una mano, la cual halló apoyo en la diestra del general.
Este tomó, respetuoso, la mano trémula de la anciana y la llevó a sus finos labios. Los más cercanos vieron caer por las delgadas mejillas de Bolívar una lágrima.
Silveria le apretó la mano y él la abrazó estrechamente.
Entre el tumulto, del gastado dormán del general rodó desprevenidamente un botón, que fue a caer en la mano de Silveria Moreno.
Bolívar le besó en la frente y se volvió en busca de su alazán. La multitud lo despidió delirante.
Entre apretujones y gritos, el general, precedido de los tres oficiales a caballo, levantó su mano derecha y dirigió un ademán de despedida a los patriotas de San Justino.
La anciana, de hinojos, guardó el botón en su seno, levantó la mirada al cielo y exclamó:
Jesús mío y mi señor:
me entrego en tus manos. Haz
que muera tu sierva en paz:
¡He visto al Libertador!
UNA HISTORIA DEL MOHÁN
(Tolima Grande)
Cuentan que una vez un hombrecillo triste pescaba en un río del Tolima, tratando de hallar en esa pesca la mágica transformación de su vida.
Era un hombre solitario. Hacía poco tiempo había enviudado y de ese matrimonio no habían quedado hijos. No tenía padres ni hermanos y los pocos conocidos veían en él una imagen tan negativa que habían decidido darle la espalda.
Agobardo —que así se llamaba el hombrecito— observaba con cierta envidia cómo sus vecinos llegaban del río con abundantes peces, los cuales vendían casi de inmediato en el mercado de cada día.
No era sino comprar caña de pescar, anzuelo y carnadas, escoger un lugar, ojalá solitario, en algún playón, lo más apartado de las gentes para así no tener que competir con nadie.
Agobardo prefería pensar a hablar. Como no tenía amigos, hacía tiempos había perdido el hábito de conversar. Por supuesto que si no conversaba, mucho menos comunicaba sus íntimos pensamientos. Entonces, encendía un cigarrillo mientras contemplaba el río y, al mismo tiempo que arrojaba al aire bocanadas de humo, pensaba y pensaba, planeaba y daba sus últimos toques al maravilloso proyecto.
No lo pensó más. Fue a la tienda, compró el anzuelo, que es un dardo con ganchos pequeños que cuelga de un hilo. También compró caña de pescar, donde se ata el hilo del anzuelo, y unas carnadas o alimentos para atraer a los peces.
Se refugió en su casita, cercana al río, y planeó todo. Como al día siguiente era Jueves Santo, las gentes del lugar se olvidarían de la pesca y se irían a rezar junto con sus familiares dentro de sus casas o en la ermita del pueblo. Entonces no habría competencia y toda la pesca sería para él.
Al otro día, muy temprano, tomó el equipo y se fue por la ribera río arriba, en busca de una estancia solitaria y lejana. Sobre una piedra enorme y redonda se sentó y desde allí contempló el río tranquilo y cristalino, atravesado por truchas y pececillos de colores.
Agobardo sonrió complacido. Los peces se multiplicaban por docenas. Encendió un cigarrillo, se puso en pie, tomó la caña y colocó la carnada en el anzuelo. Cuando se disponía a lanzar al agua el sedal, resbaló y por poco se cae al río. Abrió los ojos y sintió que el corazón se le quería salir del pecho. Repuesto del susto, volvió a preparar la caña.
Un instante después, lanzó el anzuelo y un remolino repentino comenzó a desafiarlo. Oyó un bramido acuático y enseguida comenzó a llover. Las aguas empezaron a crecer y comenzaron a caer rayos y relámpagos.
Agobardo se asustó. Se refugió en una pequeña choza abandonada y esperó una hora hasta que escampó.
Se animó a volver a intentar la pesca, esta vez desde el playón. Cuando colocó la carnada en el anzuelo, una ola lo golpeó en el rostro. Entonces se asustó. Alcanzó a ver al otro lado del río, entre los árboles, la figura de un hombre de mediana edad, alto, con larga cabellera y abundante barba, que lo miraba con el ceño fruncido mientras apretaba dos hileras de dientes dorados.
—¡El Mohán! —gritó Agobardo aterrorizado y echó a correr.
Corrió y corrió hasta quedar casi sin respiración. Sin volver el rostro atrás, llegó hasta el pueblo y allí sólo vio los rostros de los fieles que salían de misa de 10 de la mañana. Entonces sintió vergüenza. Recordó que su abuela le había dicho que el Mohán saboteaba a los pescadores que ejercían el oficio durante los días santos. Además en los días comunes se robaba a las mujeres jóvenes que lavaban ropa en las riberas. Agobardo, en su triste y solitaria madurez, había olvidado aquellas leyendas, pero ahora estaba viviendo con horror una de ellas.
Esperó entonces a que pasara la Semana Mayor. Un miércoles soleado tomó su caña de pescar, anzuelo y carnadas y siguió un rumbo distinto. Buscó otro río, el Saldaña, y allí bajo un espléndido sol se dispuso a pescar. De pronto, para su asombro, se dio cuenta que estaba ante un desierto que se perdía en el horizonte." Pero cómo", se dijo. "Hace un momento era un río muy hermoso de aguas diáfanas y serenas".
De entre unas rocas aparecía la figura del Mohán que venía hacia él con gestos amenazantes. Agobardo vio que el hombre estaba adornado con collares y cadenas de oro, y echó a correr como ánima que lleva el diablo.
Volvió a su casa y tembloroso se arrodilló ante una imagen del Divino Niño, pero no pudo rezar. Las oraciones se le enredaban entre palabras incoherentes y todo resultaba un rosario de disparates.
Después de dormir más de diez horas, completamente apabullado por el cansancio y la derrota, Agobardo, a pesar de que tenía un temperamento inclinado a la tristeza y al pesimismo, decidió intentar por última vez la pesca en abundancia.
—Todo eso son alucinaciones, producto del cansancio —se dijo para darse ánimo.
Salió temprano el domingo, esta vez no tan solo. Con disimulo caminó cerca de varias parejas de enamorados y de unos excursionistas. Llegaron al río, que a esa hora se mostraba tranquilo. Los excursionistas siguieron su camino y las parejas se perdieron por diversos caminos.
Agobardo tiró el anzuelo y esta vez, con una rapidez inusitada, el pez mordió la carnada. Saltó a la vista del feliz pescador una hermosa trucha de brillantes colores:
Animado por esto y sin importarle que era domingo, día prohibido para pescar según la leyenda, volvió a lanzar al agua el anzuelo, con tan mala suerte que un viento repentino le arrebató la caña y se la llevó río abajo. Una fugaz oscuridad invadió el aire y las aguas tumultuosas rodearon el cuerpo del infortunado pescador, envolviéndolo completamente y sumergiéndolo en el río.
Cuentan las parejas de enamorados y los excursionistas que al sentir el bramido del río, corrieron hacia la playa y con terror vieron cuando un hombre alto de larga cabellera y abundante barba colocaba delicadamente el cuerpo del hombrecillo en la ribera y que luego se había internado entre la maleza, haciendo sonar los cascabeles de sus collares y cadenas y el rechinar de sus dientes de oro, único ruido entre el fluir de un río tranquilo cuyo caudal se doraba cada vez más bajo el abrasante sol.
CORAZÓN DE PIEDRA
(Cordillera Occidental)
Jaibán era un mozo de mediana estatura, de ojos puros y sonrisa tímida. Desde que . era pequeño, temblaba cuando veía a la hija del cacique Chiatá, llamada Aliana, una niña de mirada brillante, cuyos labios no se abrían sino para sonreír y hablarles a las aves de su entorno.
Durante varios años, él le enviaba mensajes con su mirada y sus gestos, pero Aliana sólo se limitaba a sonreír. Cuando veía acercarse a Jaibán emprendía veloz carrera y se perdía por las arboledas de los montes.
Jaibán sufría en silencio.
Una tarde en que el sol se ocultaba, Aliana lo descubrió contemplando el río Cauca, el cual semejaba una serpiente acuática que se contoneaba tranquila por entre las gigantescas piedras redondas.
Ella se acercó sigilosamente y lo sorprendió con un golpecito en el hombro. Jaibán se volvió y no pudo ocultar la emoción.
—¡Aliana! —exclamó-. ¿Qué haces aquí?
Ella le enseñó una sonrisa limpia, como un abanico de flores blancas.
—Más bien, dime tú —dijo la joven—, ¿en qué piensas mientras ves correr el río?
El sintió de nuevo el temblor. La miró fijamente a los ojos y le dijo:
—Pensaba en que el río de tanto fluir, llega a un momento en que logra perforar las piedras... las piedras más duras... las rocas más impenetrables...
—¡Ah! ¡Qué interesante! —exclamó
Aliana fascinada.
Jaibán bajó la mirada y volvió a contemplar el río. Enseguida agregó:
—Sí, Aliana. El río pudo perforar las rocas más duras, en cambio mis lágrimas no han podido perforar tu corazón...
EL TESORO DE LA GURUPERA
(Montaña antioqueña)
En algún lugar de Antioquia, inmenso y bello territorio montañoso que ocupa buena parte del mapa de Colombia, existía un cerro de verde espesura que algunos denominaban La Gurupera, en cuyo interior se escuchaba en las noches de luna llena, una interminable melodía celestial.
Los caminantes y arrieros que por allí pasaban, aseguraban sentir un harmonio como los de los templos, cuya música embelesaba y seducía hasta a los más escépticos.
Las leyendas que corrían por los pueblos circundantes hablaban de un palacio repleto de oro; otros fabulistas aseguraban haber entrado en una cueva que conducía hasta el centro del cerro y allí haber visto a un monje sin cabeza que tocaba sin cesar el órgano, con la esperanza de que así florecería de nuevo su mente y su rostro; otros decían que un loco que reía sin descanso tocaba el harmonio con los dedos de los pies en la mitad de una pequeña laguna, rodeado de serpientes, murciélagos y vampiros.
Un arriero le contó a este cronista que los animales hipnotizaban con su mirada y paralizaban con su aliento al forastero o al curioso que por allí se acercara, porque bajo el islote donde se asentaba el órgano musical había un tesoro enterrado desde los tiempos del mariscal Jorge Robledo, a mediados del siglo XVI.
Me contó también el arriero que se decía que los españoles habían edificado en La Gurupera un templete que con el tiempo se fue convirtiendo en un hermoso santuario, donde los peregrinos ofrendaban oraciones y regalos a Dios. Debajo del órgano habían enterrado valiosos objetos de oro.
Seguramente un falso sacerdote llegó hasta allí en esos tiempos coloniales y desenterró los tesoros, entre ellos una deslumbrante custodia de oro con incrustaciones de esmeraldas y otras piedras preciosas. Al ser descubierto, recibió la maldición del Primado y los conquistadores lo condenaron a la pena capital, por lo cual fue decapitado.
Como ánima en pena, el cura sin cabeza se vio condenado eternamente a custodiar el tesoro sagrado, que reposa bajo sus pies en el islote subterráneo del cerro de La Gurupera.
BACHUÉ, LA GRAN MAMÁ
(Boyacá y Cundinamarca)
En aquellos tiempos remotos en que se habían conformado las montañas y las planicies, las llanuras y las sabanas con sus bellos y resplandecientes colores y sus aromas a yerba y a flores frescas y con el trino jubiloso de las aves y el ir y venir armonioso de los animales terrestres, sucedió un hecho colosal en lo que hoy conocemos como la región cundiboyacense, en la cordillera oriental del territorio que habitamos los colombianos.
Como una inmensa alfombra húmeda, quieta y silenciosa, la laguna de Iguaque mostraba una calma chicha. Bajo ese espejo oscuro y sereno, bullía un ardor arterial.
De pronto, de las riberas de la laguna comenzaron a florecer árboles frutales, ramas, matas y pámpanos que exhalaban celestiales aromas.
Centenares de pajarillos revoloteaban sobre las flores, trinaban alegremente y construían sus nidos.
Un jaguar extraviado abrió su bocaza como anunciando un hecho singular.
Las truchas y los pececillos conformaban una animosa armonía.
Los cóndores y las ranas, los venados y los patos, miraban el infinito como queriendo expresar su emoción.
De un momento a otro, hay conmoción. Los trinos de los pájaros se agudizan, se escuchan rugidos, bramidos y cacareos.
En el centro de la laguna, como rompiendo la helada línea húmeda, emerge una cabeza de mujer.
Cuando la cabeza quedó al descubierto hasta el cuello, una cabecita de niño apareció tapando el hombro de la joven.
A medida que iban apareciendo las dos criaturas se iban acercando a la ribera, caminando lentamente. La mujer sujetaba con gran naturalidad al pequeño.
La mujer era hermosa, de ojos almendrados, pómulos salientes y labios gruesos. La cabellera lisa y negra rodaba por su espalda. El color de su piel era semejante al del trigo y su mirada era altiva y al mismo tiempo tierna.
El niño era de piel morena clara, ojos penetrantes y labios carnosos y sensuales. No tenía más de 5 años, pero daba una sensación de fortaleza y madurez.
La mujer llevaba al niño en los brazos. Los chibchas o muiscas la han llamado Bachué. La tradición oral no ha revelado jamás el nombre del niño. Tampoco ha dicho si era o no el hijo de Bachué.
Cuando la mujer, bella y esplendorosa, salió a la superficie con el niño en los brazos y desnuda y altiva recorrió con su mirada los cuatro puntos cardinales, en medio de los cantos y los trinos de las aves, el saludo jubiloso de todos los animales, el vaivén armonioso de los árboles y las lucecitas felices de las flores, entonces sintió que un rayo de sol los rodeó al instante.
Se agachó para dejar en la arena al niño y se dirigió al árbol más cercano para comenzar a vivir en la Tierra.
Ese día feliz nació el género humano.
Años más tarde, el niño se convirtió en un joven fuerte y hermoso que ayudaba a Bachué a cultivar la tierra, a pescar truchas, a adivinar la llegada de los amaneceres y de las noches, de las lluvias y de las sequías.
Una mañana, el joven y Bachué dirigieron su mirada al cielo, evocaron al Ser Supremo y unieron su vida como esposos.
Tuvieron muchos hijos y con los años se comenzó a poblar la nación chibcha o muisca, que después se llamó Nuevo Reino de Granada y muchos años después República de Colombia.
Los hombres y las mujeres se fueron multiplicando y la bella Bachué se vio rodeada del respeto y el cariño de todos los moradores de la nación chibcha, quienes comenzaron a descubrir artes y labores, construyeron ranchos y bohíos, aprendieron a defenderse de las fieras, a cazarlas y a alimentarse de ellas, a amasar la greda para elaborar vasijas, a sembrar y a cosechar, y a comprender el valor y la belleza del oro, de las esmeraldas y de los demás metales y piedras preciosas.
Una tarde, cuando el sol como una gran bola roja comenzaba a descender sobre la laguna, Bachué y su esposo convocaron a todos sus descendientes, quienes fueron apareciendo de los valles vecinos y de las sabanas circundantes.
Con la mirada nostálgica, perdida en la línea más lejana del horizonte, Bachué anunció a todos el cumplimiento de su misión divina y su regreso al misterio abismal de la laguna.
Los descendientes la ovacionaron, cantaron himnos de alabanza y recitaron oraciones y letanías en su honor. En los ojos de todos florecieron lágrimas como perlas transparentes.
Bachué señaló al esposo y prometió a sus descendientes que siempre estaría con ellos espiritualmente desde el corazón de la laguna e inmediatamente sus cuerpos se fueron transformando en luminosas serpientes que, en la serenidad del ocaso, fueron sumergiéndose lentamente en la laguna.
Cuentan los pobladores de los territorios circunvecinos que en tiempos de crisis, en los espejos húmedos de la Laguna de Iguaque, se ve deslizar una esplendorosa serpiente y es Bachué, madre vigilante e inquieta, que está velando día y noche por sus amados descendientes.
MAL DE AMORES
(Cordillera Central)
Una epidemia de parasitismo comenzó a diezmar a la población indígena del sur del país.
El gobierno envió de inmediato un equipo de médicos. A los pocos días, los indígenas comenzaron a curarse.
El jefe del equipo de médicos se dirigió al cacique en tono sarcástico:
—Sus brujos —dijo— no han podido curar el parasitismo.
El cacique no se inmutó. Sin dejar de mirar al médico le respondió en el mismo tono:
—Y ustedes los médicos no han podido curar el mal de amores.
EL VIRREY SOLÍS
(Época colonial)
El Virrey José Solís Folch de Cardona, gobernó la Nueva Granada entre 1753 y 1761, en representación del Rey de España, Fernando VI.
Vivía el Virrey en lo que hoy conocemos como el Barrio de La Candelaria, cerca de los cerros orientales de Santa Fe de Bogotá, y los moradores de la sombría y pequeña capital lo conocían por sus ademanes finos, su sencillez y su cultura. Pero también por, su afición al aguardiente y a las muchachas bonitas.
Una de ellas, llamada María Lugarda Ospina, soportaba el sobrenombre de "Marichuela". Era la enamorada favorita del Virrey y vivía cerca de la catedral.
El Virrey la visitaba por las noches. Para no ser reconocido por los oidores y los fiscales cristianos que por esos lados transitaban, el gobernante se colocaba sobre la cabeza un sombrero alón y una capa española que se cruzaba sobre el rostro.
Una noche, cuando regresaba de su visita de amores, al ascender por la callejuela empedrada, se encontró con un velorio dentro de una casa solariega.
Media docena de deudos enlutados y sollozantes rodeaba el ataúd. El Virrey, sin revelar su identidad, preguntó a quién velaban.
Un hombre entrado en años, sin levantar el rostro compungido, respondió:
—Al Virrey Solís.
EL HOMBRE-CAIMÁN Y LA JOVEN MULATA
(Costa Atlántica, Bajo Magdalena)
En un puerto del río Magdalena, muy cercano a la costa norte de Colombia —¿Santa Ana? ¿Plato? ¿El Banco? ¿Pinillos?—, había un joven de piel morena clara, fornido, cuyo rostro dibujaba con frecuencia una mirada penetrante y una hilera de dientes blancos y perfectos.
El hombre vendía guineos, papayas, mangos y naranjas, nombres que pregonaba desde muy temprano y con voz fuer-te, a todo lo largo de la ribera.
Hacía mucho tiempo que el joven hacía guiños y sonrisas pícaras a una bellísima mulata que, en los ratos que el colegio le dejaba libre, atendía el almacén de su padre, un próspero arrocero de la región.
La muchacha correspondía a los coqueteos del muchacho con cierto recelo pues su padre era hombre de rígidas costumbres, muy severo y de temperamento impulsivo. Era tan celoso con su hija que las únicas salidas de casa que le permitía eran al colegio y a bañarse en el río con sus fa-miliares.
El joven pasaba vendiendo sus frutas y durante pocos segundos las miradas se encontraban y sus labios sonreían.
Cuando terminaba su labor, se dedicaba a comer arroz con coco y a beber abundante ron blanco. Mientras bebía pensaba en su bella enamorada, la dibujaba con el pensamiento y se desesperaba al no poder hablar con ella.
Cuando la muchacha se bañaba en el río, el joven la contemplaba sin cesar y sin darse cuenta los ojos y las mejillas se le llenaban de lágrimas.
Un buen día el joven enamorado no resistió más y se lanzó al río. Se bañó, nadó, relajó sus músculos y luego se zambulló tratando de llegar a un remolino cercano a su bañista. La muchacha al descubrirlo, se estremeció de alegría, pero también de miedo.
Sin embargo, esto se fue volviendo habitual. La hermosa mulata iba a bañarse y de las desordenadas aguas surgía de vez en cuando su buenmozo admirador.
Con el tiempo, a medida que el joven nadaba y se acercaba al remolino, su cuerpo se iba convirtiendo en el de un caimán: los ojos se le agrandaban, lo mismo que la nariz, que se iba transformando en trompa; los dientes se le afilaban y las extremidades se le alargaban. También le fue surgiendo una larga y verdosa cola.
La muchacha se fue familiarizando con el reptil, al cual acariciaba y decía palabras de ternura cuando estaba cerca.
De pronto, el hombre-caimán y la niña sé sumergían en el río y desaparecían por varios minutos.
Una tarde, después de haber regado en el piso todo el arroz del neurótico suegro, el hombre-caimán se dirigió al río. Se zambulló, buscó lentamente a la muchacha y la invitó a sumergirse en el río. Ella lo abrazó y se adhirió completamente al cuerpo del reptil, que la acariciaba con fuerza y ternura al mismo tiempo.
Se alejaron de la ribera y, ante el estupor de los familiares y la furia del padre que en ese momento llegaba a buscar a su hija, se perdieron en el horizonte y desaparecieron para siempre.
Desde entonces, en los pueblos del río los moradores cuidan a sus jóvenes mujeres y les encarecen que salgan del río antes de que se ponga el sol. También, esconden el arroz para evitar que en tardes muy cálidas, el hombre-caimán se lleve el . cereal y lo desaparezca.
Por eso, los ribereños, cuando contemplan el río mientras beben ron, cantan esta cuarteta:
Cuando voy al Magdalena
me baño con mucho afán,
pues si no el hombre-caimán
se me lleva a mi morena.
LA CABELLONA ASUSTADA
(Santanderes)
En algunas veredas de los departamentos santandereanos se aparece una mujer, blanca de ojos negros y rasgos muy hermosos. No demuestra alegría ni tristeza.
Su cabellera desciende como un río de azabache hasta los pies y los moradores de los pueblos la ven caminar velozmente por las callejas y los prados.
Esta cabellona o mechuda, como la denominan quienes la han visto, tiene las uñas largas y cubre su cuerpo con una túnica blanca.
Cuentan que la cabellona suele asustar a las parejas de novios que conversan en las campiñas, pero sus gestos amenazantes sólo los enseña a las mujeres.
Una vez un hombre se disfrazó de mujer. Se colocó una vistosa peluca rubia e hizo el ademán de acariciar a su pareja, bajo un árbol en El Gallineral, cerca de El Socorro.
Cuando sintió la cercanía de la cabellona, el hombre se quitó la peluca y se volteó bruscamente.
La mechuda hizo un gesto de sorpresa y de susto tal, que al instante comenzó a desintegrarse hasta quedar convertida en un puñado de cenizas.
BOCHICA, EL CREADOR DEL ARCO IRIS
(Sabana de Bogotá)
Dicen los díceres que llegó de Egipto, de Palestina, del Oriente... Que vino montado sobre un camello —animal desconocido en nuestras tierras— y que les dejó a los nativos un hueso del animal como prueba de su presencia entre los chibchas.
La tradición lo recuerda con el nombre.
de Bochica.
En medio de una comunidad de hombres de tez cobriza y mediana estatura, este extraño sacerdote sobresalía por su figura gigantesca, su piel blanca y sus ojos pardos. Los cabellos y las barbas, al igual que su túnica, eran del mismo color de la nieve o de los copos de algodón
La tradición muisca nos ha revelado que Bochica les enseño las más elementales normas de comportamiento para con sus semejantes; además, los orientó con todos sus detalles y secretos en los oficios con que durante siglos se mantuvieron los nativos de este vasto y hermoso territorio colombiano.
Gracias a Bochica, los muiscas (o chibchas) aprendieron las labores del cultivo de la tierra, de la cacería y la pesca, la crianza de los animales caseros y el dominio de los animales salvajes.
Les enseñó, además, toda clase de trabajos ornamentales y artísticos, así como también los artesanales.
Les inculcó los principios básicos del ser humano para su desarrollo espiritual y personal: el respeto por sus mayores, la rectitud, la honestidad y el amor por los suyos, sus costumbres y sus tradiciones.
Asimismo, implantó leyes y normas para combatirá los ladrones y a los delincuentes.
El territorio de Bochica era básicamente la altiplanicie situada entre Cundinamarca y Boyacá, cuyo centro estaba en lo que hoy conocemos como la Sabana de Bogotá.
Con los años, las costumbres empezaron a corromperse y las normas dictadas por Bochica a tergiversarse.
El alma de los hombres se vio invadida por la codicia, la ambición, el egoísmo, el hambre y la sed de poder para doblegar a sus semejantes y así concentrar en pocas manos todas las riquezas.
La lucha despiadada entre unos y otros comenzó a crecer con los días y los meses, a tal punto que se fue generando un clima de violencia entre hermanos, con lo cual las sabias prédicas de Bochica se fueron olvidando.
Entonces Chibchacún, dios del bien y el mal, tiñó inicialmente los cielos con nubarrones negros. Luego hizo retumbar relámpagos y truenos que llenaban de susto a los habitantes de la comarca.
Cuando los indígenas se vieron cautivos de la tormenta, decidieron no salir de sus chozas.
Entonces, una llovizna monótona como letanías de agua, empezó a enceguecer el horizonte. Esta llovizna se transformó en lluvia franca que desembocó en un torrente interminable de aguas borrascosas que amenazó con inundar la Sabana.
A los pocos días se había precipitado un violento aguacero, acompañado de rayos y truenos incesantes: La furia de Chibchacún se sentía por los cuatro puntos cardinales Hacía mucho tiempo que Bochica había desaparecido del panorama.
Los ríos y las lagunas del altiplano comenzaron a desbordarse y el volumen del agua a ascender amenazadoramente.
En pocas semanas el diluvio había arrastrado viviendas, árboles, cultivos y animales. La fuerza del agua los empujaba hasta los cerros orientales.
Los hombres y las mujeres alcanzaron a huir con sus hijos cargados y algunas pertenencias hasta las cimas de algunos montes, mientras imploraban a los cielos el perdón por sus desmanes y debilidades.
Millares de criaturas temblorosas, tomadas de las manos, asustadas y arrepentidas, contemplaban desde las cumbres de las montañas que rodeaban la Sabana el enorme lago que minuto a minuto crecía bajo el cielo ennegrecido por la tormenta.
En coro unánime, rogaban a los dioses que cesara la borrasca. De un momento a otro vislumbraron un rayo de luz en el horizonte. La figura inconfundible de Bochica, con su túnica, cabellera y barbas blancas, apareció sosteniendo en su mano derecha una vara que blandía hacia el cielo.
Al instante la lluvia cesó, los truenos se acallaron, el cielo se despejó y se fue tornando azul.
Bochica se dirigió hacia una inmensa roca junto a la cima del cerro y mientras balbuceaba algunas palabras, tocaba las enormes piedras con su cayado, en medio del silencio abrumador de la comunidad.
La colosal roca, al contacto con la vara de Bochica, se fue abriendo por la mitad hasta formar un estrépito ensordecedor. Enseguida, fueron cayendo al lado opuesto del lago millares de piedras hasta formar un gigantesco orificio que conducía a un abismo. Las aguas de inmediato se precipitaron hacia el infinito como si fueran un potro de aguas negras salpicadas de rugidos y espumas.
La Sabana volvió a ser la de antes, ahora más verde y más fresca. Por el oriente renació el sol vigoroso y dorado y las gentes comenzaron a gritar y a saltar, dando muestras de alegría y gratitud.
. Bochica les hizo una señal con el caya-do, indicándoles la mediación entre los terrestres y los dioses y como prueba de ello apareció en el horizonte el arco iris.
Por el abismo salvador brotó lo que hoy conocemos como el Salto de Tequendama.
Los muiscas volvieron a sus labores y a sus actividades normales, despojados de maldades y codicias, preparados en su interior para enfrentar más adelante otras tormentas invasoras.
Bochica, como dijo luego un poeta:
…observó la inundación telúrica
y un poder mágico movió su vara,
partió en dos las rocas de su mundo,
y así, petrificado y moribundo,
se arrojó con su mito al Tequendama.
MILAGRO A LA MEDIANOCHE
(Caribe colombo-venezolano)
En un recodo de la carretera que conduce de Paraguaipoa a Maicao, a altas horas de la noche; una joven mujer muy humilde se dejaba caer sobre el polvo de la tierra, vencida por el peso de su voluminoso vientre y por los dolores de tic-tac que anunciaban el inminente parto.
La carretera estaba oscura, no se vislumbraba un alma a muchos kilómetros alrededor, ni un, vehículo, ni una vivienda, ni un rayo de luz...
De súbito, las linternas de un automóvil aparecieron en el horizonte. Como pudo, la mujer, bañada en sudor y lágrimas, se incorporó y comenzó a hacerle señas desesperadas al conductor.
El vehículo se detuvo. Un hombre maduro de mediana estatura y contextura gruesa, de rostro colorado, ojos pequeños y bondadosos, nariz aguileña y barbilla saliente, salió rápidamente y sin pedir explicaciones ayudó a la mujer a entrar en el carro.
—No se preocupe —dijo el hombre-.
Cerca de aquí hay un centro de salud...
Algo podremos hacer...
La mujer jadeaba y trataba de contener el llanto.
Al poco rato llegaron a una casa de luces encendidas, donde sólo había una mujer entrada en años. El hombre ayudó con todas sus fuerzas a acomodar a la joven embarazada hasta un chinchorro de lienzo, ante la mirada asombrada de la dueña de casa.
Sin dudarlo un instante y en medio de un silencio tenso, el hombre sacó implementos de su maletín y al cabo de varios minutos nació un hermoso bebé, que la madre pudo contemplar feliz en medio de lagrimones.
Estaba feliz pero no comprendía nada.
El hombre bañó al bebé, hizo la limpieza y las curaciones elementales a la joven madre, dio unas recomendaciones a la boquiabierta dueña de casa y salió. A los pocos minutos volvió a entrar y dejó junto a la mesa de noche una tarjeta con su nombre, profesión y ciudad.
Vivía en Santa Marta, en Colombia.
Se despidió afectuosamente de las dos mujeres, hizo un mimo al recién nacido y salió de allí. El rugido del automóvil se perdió por la carretera.
***
Un año más tarde, la joven mujer estaba feliz y repuesta. El niño crecía sano y robusto. Ambos parecían dos manzanas matinales.
La mujer había reunido un dinero y pudo hacer realidad la meta que se le había venido convirtiendo en obsesión: viajar a Santa Marta, con el niño, a fin de llevarle un regalo a su médico salvador.
En Maicao compró una botella de whisky y una caja de finos tabacos cubanos marca "Montecristo".
Ansiosa, después de un viaje nocturno de casi 20 horas, llegó al puerto en la bahía más hermosa del mundo, al amanecer.
De inmediato indagó por el médico. Primero en una droguería, luego en un almacén de telas, más tarde en una casa de familia...
Extenuada y, sin perder la esperanza, hacia el mediodía un hombre vestido de lino blanco le indicó la casa del médico.
Una matrona de aspecto distinguido, hermosa y otoñal, le respondió negativamente a la pregunta por el facultativo.
Entonces la joven madre, mostrándole al niño, le explicó el episodio de su parto.
La matrona se quedó muda de estupor.
—Eso es imposible —dijo, colocando la mano en los labios—. Mi esposo murió hace muchos años...
Y de inmediato, le enseñó las fotos, los vestidos, los diplomas y el inolvidable maletín, que indicaban que efectivamente correspondían al mismo hombre que le salvó la vida a esa joven mujer en una carretera nocturna y solitaria...
LA HISTORIA SE REPITE...
(Llanos Orientales)
En los Llanos Orientales, una noche, fue emboscado un rico ganadero de la región. En un santiamén lo rodearon seis hombres con los rostros cubiertos por pañuelos negros.
El magnate se colocó de espaldas a un horcón, sacó su revólver y se dispuso a. defenderse. Uno de los atacantes se apeó del caballo y se quitó el pañuelo.
Era su ahijado, un joven moreno de ojos verdes que comenzó a acercarse lentamente al viejo vaquero.
El viejo, al reconocer al ahijado, arrojó al suelo el arma y gritó desconsolado:
—¡Muchacho mío!
Y se dejó matar sin oponer resistencia.
Borges cuenta en algún libro suyo que años atrás ocurrió algo similar con un anciano gaucho al sur de la Argentina.
Cuando el viejo reconoció entre sus atacantes a uno de sus compadres, exclamó: "¡Pero ché!", y se dejó morir a manos de él.
Y dos mil años atrás, cuando salía del Senado de Roma, el Emperador Julio César, desafiando los vaticinios de que moriría en la mitad del mes de marzo, luego de decirle a la pitonisa: "Ya pasó la fecha y estoy vivo", , y al responderle esta: "Aún no ha terminado el día", se vio súbitamente rodeado de enemigos, puñales en mano, amenazándolo.
El Emperador blandió su daga, protegiendo su rostro con la toga. Cuando descubrió entre los agresores a Marco Junio Bruto, su hijo adoptivo, exclamó desconsolado: ¿Tu quoque fili mi? ("¿Tú también, hijo mío?") y se abandonó a la realidad del terrible presagio.
EL EXTRANJERO
(Costa Pacífica)
Durante muchos, pero muchos años, centenares de indígenas trabajaron como esclavos en la tierra que era de ellos. Lo que producían era para que el amo se enriqueciera cada vez más. El amo y sus hijos. El amo y su familia. El amo y sus amigos, allegados y socios.
Un hombre blanco y pelirrojo, de acento anglosajón, llegó un día y vivió con los indígenas. Les ayudó en el trabajo. Habló con ellos. Convivió con ellos. Pasaron siete años.
Una noche, sin mediar motivo ni despedida, el hombre se fue de allí. Al otro día, todos los indígenas podían mirar al amo de frente. Directamente a los ojos.
LA NIÑA DE LA CARTA
(Antioquia y el Gran Caldas)
Cuentan que es común, a orillas de las carreteras en algunos pueblos, ver una niña que llora, con el rostro cubierto por un velo blanco y vestida con traje de primera comunión.
La niña lleva una carta en la mano. En el sobre está escrito un nombre y una dirección que corresponde a una pequeña casa de campo de los alrededores del pueblo más cercano a donde se halla la niña.
Algunos conductores, sorprendidos o conmovidos por el llanto de la niña, le reciben la carta con el fin de entregarla a su destinatario. Pero luego declaran que ni la persona ni la dirección existen.
Una señora dijo que la dirección era la misma del cementerio y que el nombre correspondía al de una niña que años atrás había sido muerta el día de su primera comunión.
Otros han declarado que al recibir la carta de manos de la niña, pierden el conocimiento y caen sin sentido al piso.
Alguien llegó a decir que al encontrar la lápida donde está enterrado el cuerpo de la niña, en la dirección anotada, hallaron encima de ella el velo y el vestido de primera comunión.
EL MONSTRUO DE UN SOLO OJO
(Costa Atlántica)
Había una vez una señora llamada Águeda, que había nacido en la Costa Atlántica a fines del siglo pasado. Me han contado que tenía fama de ser una niña muy hermosa, que al convertirse en mujer comenzó a llenarse de admiradores. Vivía humildemente en una casa cercana a los muelles del puerto.
A los 22 años se casó con un funcionario de aduanas y a los pocos meses del matrimonio el marido la abandonó sin que mediara razón alguna y faltándole poco tiempo para ser madre.
El niño nació sin contratiempos y muy pronto los parientes y vecinos de Águeda se vieron sorprendidos por un extraño afán de esta por ocultar de la vista de todos al hijo de sus entrañas.
Lo mantenía envuelto en sábanas en el rincón más oscuro de su humilde casa y por espacio de mucho tiempo no hubo nadie que pudiera imaginar cómo eran el rostro y el cuerpo de la criatura.
Sus amistades notaron de igual forma . que Águeda permanecía todo el día en actitud meditabunda y con la mirada ausente.
Hubo alguien, sin embargo, que logró romper el velo de aquella incertidumbre: un hombre que por casualidad pasó por su casa, alcanzó a ver al niño que, a un descuido de su madre, abandonó su fortaleza de trapo dejando al descubierto su naturaleza.
El hombre notó que además de tener la cabeza más voluminosa que había visto en su vida, contaba con un solo y gigantesco ojo, como los cíclopes de las leyendas.
El cuento se regó rápidamente. Familiares y amigos, condolidos, cuchicheaban día y noche sobre el fenómeno, hasta el punto de que se fue corriendo el velo y Águeda decidió mostrarlo sin más misterios.
Sus extremidades eran delgadísimas y cortas, lo mismo que el cuello.
Nadie se explicaba cómo aquel pescuezo endeble podía sostener semejante bola tan pesada. El rostro era arrugado como una nata de café con leche. Sus labios dibujaban una sonrisa sin sentido como una mueca inmóvil, y el ojo grande, oblicuo y de azul descolorido, alimentaba una masa lacrimosa.
La gente se arrimaba a ver el monstruo picada de curiosidad y algo de morbo, pero al instante hacía un gesto de repugnancia. Águeda comprendía aquella reacción y su única actitud era la de mirar al cielo como interrogando al infinito sobre la razón de tan terrible destino.
Las parientas próximas decidieron que el niño no viviría mucho tiempo y sin pensarlo dos veces le mandaron a construir un ataúd con cuatro tablas rústicas y colocaron en él al cíclope como si fuera un animal podrido y sin recibir ninguna queja de parte de la madre, pues su pasividad había llegado a tal extremo que se había convertido en una perra flaca que movía a la más intensa compasión.
Pasaron algunos meses y el ciclope seguía vivo aunque su cuerpo no aumentaba en altura. Solamente crecía su cabeza. La boca se abría con avidez cuando se acercaba la hora de comer.
Le habían salido unos dientes de tiburón que trituraban en pocos segundos el trozo de pan o el pescado que sus pequeñísimas manos llevaban a la boca.
El cíclope no articulaba palabra.
Cuando sentía hambre comenzaba a dar unos mugidos roncos, meneaba la cabezota y del ojo único resbalaba una baba sanguinolenta.
La pobre Águeda resolvió enmudecer voluntariamente.
Sin una queja, sin buscar refugio en nadie, hacía algunas costuras para mal comer. El monstruo comía cada vez más con gula insaciable hasta el punto que su madre trabajaba hasta altas horas de la noche para que no faltara el alimento con el fin de engullirlo en el codicioso paladar de su abortijo.
Entretanto, la hermosura de Águeda iba desapareciendo día a día y el rostro iba llenándosele de arrugas prematuras. Se colocaba una pañoleta negra alrededor de la cara y vestía trajes oscuros con mangas largas, así la temperatura del puerto llegara a extremos infernales.
Pasaban los meses y el cíclope seguía viviendo. La cabeza crecía con velocidad vertiginosa, en tanto que el cuerpo se quedaba del tamaño del primer día. El enorme ojo había tomado tonalidades verdine-gras. Vivía todo el tiempo metido en su ataúd y las gentes que pasaban por allí alcanzaban a ver en el traspatio la inmunda cabezota que se bamboleaba incesante y clavaba su mirada agónica en los curiosos. Casi siempre sostenía un pedazo de pan o un pescado en su diminuta mano que semejaba una lagartija. Abría la boca y dejaba ver una lengüeta de víbora. Masticaba rápidamente el alimento con sus dientes de tiburón y la gente que pasaba se santiguaba, comentaba algo haciendo siempre un gesto de asco o dejando oír sus carcajadas sarcásticas.
Las amigas y parientes de Águeda le proponían innumerables soluciones: "Exhíbelo en el circo", decía una, "¡sería un éxito y te harías rica!"
"Llévalo a la plaza para que los forasteros le arrojen monedas", decía otra.
Su cuñado propuso sencillamente: "Dé-jalo morir de hambre". Águeda, sin odio ni furia, se limitaba a negar con la cabeza.
El día que cumplió su primer año de edad, los vecinos ya se habían acostumbrado a la existencia de aquel monstruo repugnante. Águeda, desde tempranas horas, preparó un gigantesco pudín de cuatro pisos para que lo consumiera totalmente su horrible fruto.
Amorosamente cubrió el bizcocho con merengue de varios colores, le colocó bolitas de chocolate y en la cima puso una velita roja que simbolizaba el primer aniversario de su nacimiento.
Hacia el mediodía se dirigió hasta el traspatio. Llegó al ataúd con una sonrisa triste y entregó el delicioso ponqué a su hijo, dándole al mismo tiempo un beso en la arrugada frente. El ojo codicioso del cíclope se tornó oscuro y brillante, demostrando alegría. Dejó oír un mugido asfixiante y sus manecitas torpes arrebataron el pudín de las manos de su madre, haciendo gestos mecánicos y destrozándolo completamente. El breves minutos, sin embargo, había devorado el enorme bizcocho. La cabezota comenzó a hincharse como un globo y la nariz chata comenzó a vibrar. Las orejitas puntiagudas se paralizaron y sus extremidades comenzaron a aletear como las de un pájaro herido.
De pronto y ante el asombro mudo de Águeda, el cíclope asomó su repugnante lengüeta de víbora, estiró el pescuezo y la cabezota se vio arrastrada por el viento. De un momento a otro, Águeda no vio sino una enorme masa redonda con un cuerpecito de iguana que se balanceaba de un lado al otro, mientras se elevaba, topando contra las salientes de las casas, hasta que no fue más que un puntito oscuro en el espacio infinito.
La tarde fue cayendo sobre el puerto y la mujer seguía muda, incapaz de pensar en algo diferente. Miraba hacia el lugar donde se había escapado aquel ser inexplicable, hasta que fue entrando la noche lentamente.
A medida que el cielo se iba tiñendo de negro, en el lugar remoto donde había perdido de vista la figura, acababa de nacer una estrella.
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